Efímeros, hoy y siempre

Por Martín Acevedo

Los generales romanos, tras una victoria significativa, eran recibidos con un gran desfile, cargado de simbología religiosa y política. Exhibían ante el pueblo y los patricios su botín, consistente no solo en riquezas materiales sino también en esclavos, parte de los derrotados. Iban en una cuadriga, un carro tirado por cuatro caballos. Recibían los vítores y la alabanza de los habitantes de la ciudad que se enriquecería por sus logros en el campo de batalla. Un paso detrás de ellos, un esclavo les sostenía sobre la cabeza una corona de laureles. Y les repetía sin cesar “Respice post te! Hominem te esse memento!” (“¡Mira tras de ti! Recuerda que eres un hombre”).

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